Proustianas Pedaladas

Un señor con barba que ha compartido millones de pedaladas conmigo, retornado vacacional al hogar materno que recapta a sus vástagos caniculociosos dispersos por el mundo, como cada agosto se unió a Javier y a mi para pedalear el camino que separa Gijón de Villaviciosa y une, en la memoria, momentos inolvidables de nuestra historia compartida. De vuelta a su cavernario refugio en la estelada Barcelona de las iniciativas y las convergencias, ha escrito lo que sigue y reproduzco sin quitar punto o coma.

PROUSTIANAS PEDALADAS, por Alfredo Apilánez

Puede que esta ñoña y sentimentaloide historia comenzara un ya lejano día del año de nuestro señor de 1978, o quizás 1979, en aquellos preotánicos y borbónicos tiempos en los que la Inmaculada Transición alumbraba con grandes fanfarrias y clarines nuestra virginal Democracia y los deslumbrados españolitos cambiaban su 600 por el 1430 cayendo por fin en el tantas veces reprimido libertinaje al son de Burning y del Rey del Pollo Frito.

En el fragor, pues, de esta vorágine modernizadora, aunque totalmente ajenos a esta profusión de grandes prodigios, cuatro (o cinco) amigos de juegos y competiciones infantiles perpetramos una de las mayores travesuras de nuestra infancia. Prepubertad la nuestra (desentonando de los heroicos tiempos circundantes), huelga decir que bastante modosita, como se puede comprobar por la sumamente leve y casi pueril gravedad de la infracción: Obviando la preceptiva comunicación familiar de nuestros planes y aventurero paradero, emprendimos una excursión ciclista iniciática que nos llevó, en monturas BH Mesozoico, con efervescente ímpetu adolescente, a cubrir los 50 kilómetros que separan Gijón de Colunga (y vuelta) en una interminable y épica tarde de verano. La peripecia, si la nebulosa del tiempo transcurrido no me engaña, acabó con dispersión del mini pelotón, demarrajes incluidos de algún protogrimpeur con pocas ganas de compañía y, naturalmente, bronca familiar ante la temeridad de aventurarse a ese radio de distancia surcando las procelosas carreteras nacionales sin una autorización paterna que, obviamente, en ningún caso habría sido concedida.

No hubo mayores daños pero de allí surgió quizás el atrevimiento que nos llevaría a emprender gestas pedalistas más ambiciosas. Al correr de los años, metidos ya algunos de aquellos globerillos candorosos en peripecias ciclistas de más empaque, quedó (sobre todo el primer tramo villaviciosino) como el recorrido con más carga sentimental de los transitados en las excursiones cicloturistas por los alrededores de la villa del ilustre prócer ilustrado. Ni Pola de Siero, ni la Madera, ni el Curbiellu, ni otras salidas a los gigantes de la cordillera o a los conquistados y reconquistados Lagos de Covadonga pudieron alcanzar la solera y raigambre de la ruta a Villaviciosa.

La ria de Villaviciosa desde El Pedroso

Difícil es sustraerse a la belleza del descenso hacia Villaviciosa cuando, curva a curva, se va dejando ver la ria.

Tres lustros después (ya mucho más conscientes del privilegio sin par de vivir en el país de Jesulín de Ubrique y Roldán e imbuidos del orgullo del ‘somos europeos’ y olímpicos y aycandemoor) en la plenitud de mi breve pero intensa carrera cicloturista tuve a bien acompañar al autor de esta bitácora en otro trayecto ciclista que, con paréntesis etílico-finisemanal en la cuna de nuestra querida princesa de Asturias y meta de insignes piragüistas, incluyó también el paso por la villa de El Gaitero.

Agosto de 1990 en el Bubble con nuestras monturas

Un par de días después de la señalada singladura a Ribadesella, posamos en el desaparecido y añorado Bubble con nuestras ‘burras’. Yo luzco mi “equipación” de la época: pantalón de loneta recortado ad hoc y camiseta de algodón.

La sin duda enorme trascendencia de aquella excursión residió, indudablemente, en que fue una de las semillitas que acabaron germinando en su creciente y casi adictiva afición pedalista de la que este blog, que todos los buenos aficionados a las dos ruedas disfrutamos, es fiel y granado testimonio. Así pues, aún siendo ya, al contrario de mis pimpantes y rozagantes acompañantes, ex-globero y ex-grimpeur en retiro cuasisedentario a muchos kilómetros de la muy honorable, industriosa y juvenil capital de la costa verde, el rescoldo de la vista desde el Pedroso de la hermosa ría en lontananza sigue todavía, cual magdalena proustiana, ejerciendo su influjo invocando el rescoldo de aquellos iniciáticos momentos.

Impelido nuevamente por el magnetismo de esa Ítaca velocípeda y tratando de reeditar la primera marcha exitosa acaecida el año pasado, rogué encarecidamente al insigne plumilla que me acoge tan clementemente en su internaútico seno que tuviera a bien renunciar a un día de entrenamiento de calidad para subir dos o tres piñones y acompañar al decrépito autor de estas chuscas líneas a ofrendar una vez más su sudor a la querida carretera de sus primeros pinitos. Así que, a pesar de la creciente oxidación óseomuscular y de los nada sonrosados y ahumados alvéolos, no pude menos que aceptar encantado el amable ofrecimiento de vehículo y equipamiento para surcar un plácido y begoñil día de verano esas queridas carreteras.

Vista desde El Pedroso

Desde El Pedroso, muchos días, se puede ver tras la vega de Sariego y el Sueve, el imponente macizo occidental de los Picos de Europa

Ahorraré al sufrido lector los detalles de tan esforzada jornada con mis dos expertos y pacientísimos acompañantes, curtidos asimismo en numerosos puertos mitológicos galibierinos y tourmaletianos relatados con suma finura por la pluma que, mejorando mucho la presente, tienen todos los pedalistas planetarios el placer de disfrutar en esta bitácora. A ellos: Javier, mi inseparable pareja de tantas épicas excursiones en los tiempos analógicos en los que Perico era todavía joven (incluyendo aquella prístina escapada adolescente), y al ya referido autor de este insigne blog, mi perenne e infinito agradecimiento. Que tuvieran la paciencia de acompañar a un “matao” en su paseíllo romántico-costanero a ritmos impropios para su excelente forma y condición y dejando pasar una excelente oportunidad de hacer un entrenamiento de nivel preparando futuras proezas por Proaza para adaptarse a la premiosa marcheta del infiltrado es algo que un servidor nunca olvidará.

Alfredo, Javier y yo en La Cruz de Peón

Tras subir El Pedroso, Alfredo tuvo la valentía de afrontar jadeante los 3 kilómetros hasta La Cruz de Peón… no sin carcajearse de como me remató en esas cuestas, a traición, en el regreso de aquel viaje a Ribadesella.

Queden pues estas humildes líneas como testimonio de la sin par gratitud que les profeso por haberme permitido aspirar de nuevo el aroma a eucalipto y a salitre de tan entrañables paisajes pedaleando paladeando nuevamente el proustiano sabor de la ruta a Villaviciosa.

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